Entre las flores
“Era ya en la tarde, ya había caído el crepúsculo, cuando yo moría con los ojos abiertos viendo al cielo.
Recuerdo que aún tenía una sonrisa, había recibido muchas puñaladas en pecho, irónicamente no me defendí, ya que creía que era un gesto de amor, como antes, pero no.
Quién me mató fue la persona que más había querido sobre la tierra, lo malo, es que no terminó por matarme, me dejó allí en agonía y con los ojos abiertos viendo el cielo, que poco a poco se volvía color violeta mientras las estrellas comenzaban a brillar… creo que es todo lo que recuerdo, es que no vi la luz que decían por allí que aparece cuando uno muere.
Estaba entre las flores en ese momento, creo que aún llevo el olor y el polen de ellas en el cabello, ahora pues, como verás soy un espectro.
Lo malo es que mientras recorro la ciudad flotando y arrastrando la punta de los pies en el concreto, parece que ni yo me veo.
Te cuento esto porque te he encontrado igual…”
Fueron las últimas palabras que decía ella mientras me contaba lo que pasaba, con un lágrima seca en la mejilla.
Yo había pasado tiempo bastante tiempo encerrado en mi habitación, sólo tenía recuerdos confusos de lo había pasado antes, el accidente, las heridas y las cuentas en el hospital que mis padres trataban de pagar.
Estaba aún postrado en cama, como montones de revistas alrededor, cuando se me vino la maldita idea de salir.
El accidente me dejó terribles secuelas, y el perenne y distintivo olor a medicamentos.
Sin un brazo, totalmente cercenado desde el hombro y sólo con dos dedos en mi mano izquierda, ya no podía conducir, y por la carrera que había elegido, tampoco podía la seguir, ya que en mi oficio necesitaba obligatoriamente mis dos manos.
Mis padres y mis dos hermanos pese a que me querían, sentían el peso de tener a casi un inválido malhumorado y sombrío a su lado, mi padre al igual que yo había dedicado su vida al volante, pero él esperaba algo más de mi, una carrera, para no tener que depender de “bondad” de los transeúntes, moliéndose los riñones todos los días hasta la vejez.
Mi mamá cocinaba el día entero pensionando a algunos estudiantes que vivían cerca a la casa.
Decía que estaba destrozada por trabajar tanto y ganar tan poco, estaba cansada y triste, y yo para colmo era casi un muñeco de trapo.
Lo más doloroso… pues… la pérdida de mi brazo es lo menos, ya que ese día en el taxi también estaba ella y él, mis razones de vivir. Sólo ahora puedo estar totalmente avergonzado y con ganas de morir por que jamás mis padres supieron que yo los tenía conmigo.
Ella siempre quiso conocerlos, yo siempre fui débil y no la llevé a conocer a mi familia. Nunca le di su lugar, jamás la respeté como se lo merecía, incluso cuando me dijo estar embarazada, había planeado durante días cómo decírselos a mis padres… ¡uf! Si tan sólo huera comenzado por decírselo a mi hermano menor… tal vez hubiera sido diferente y no me hubiese meado a la hora de la verdad.
Ahora no importa, su embarazo escondido hasta de la mirada de sus padres fue un calvario pasado, ese día, el día del accidente, yo la recogí a ella y mi hijo de la clínica lejana en donde habíamos decidido tenerlo. Yo había ahorrado durante esos meses cada centavo que me sobrara de los viajes en el taxi, ese día, todos debían saber que yo tenía una familia, que tenía a mi amada conmigo y que por fin ese día sería un hombre valiente, que enfrenta al mundo por lo que quiere.
Mi hijo salió idéntico a mi padre, tenía una frente alta y orejas grandes, después de verlo mí mundo cambió, decidí que nunca más sería un cobarde, que no mentiría y que lucharía por quienes amo.
Salimos de la clínica hacía mucho frio ya que el parto fue en la noche anterior, yo tenía todo, desde la cuna hasta una buena dotación de pañales en la cajuela, lo más importante, al fin tenía una mirada limpia y erguida para ella.
Estaba tan bonita, había engordado en el embarazo, tenía la cara redondeada y las mejillas rosadas, la nariz colorada por el frio, pero estaba feliz, si, estaba feliz, porque a pesar de tantas lágrimas en la espera, soportándome como un pobre pusilánime que solía ser, sabía que desde ese día las cosas cambiarían y por fin sería mi compañera ante los ojos del mundo.
No quisiera hablar, del momento en el cual nos envistieron desde atrás, ya que pese a que fueron tan sólo segundos, nosotros lo sentimos como días…
Ella estaba a mi lado derecho y sostenía al bebé, en el momento que sentí el golpe tan fuerte desde atrás solo pude atinar en colocar mi brazo tenso como una barrera frente a ellos. No fue suficiente. El golpe fue tal que chocamos.
Al despertar en el hospital tenía un dolor tan grande en todo mi cuerpo que hasta abrir los ojos era horriblemente dificultoso. A mi lado estaba mi hermano mayor y mi madre llorando desconsolada, en esos breves momentos había encanecido y se había avejentado más, mi hermano tenía los ojos llorosos y una sonrisa esperanzadora, además estaba al lado un policía de tránsito, eso lo recuerdo bien, hasta que me volví a dormir.
Al despertar sentía un asqueroso sabor a fierro en la boca, tenía una sed que parecía que no se acababa, y por fin abrí los ojos, estaban mis papás, vestidos de riguroso negro, en ese momento creí que ya estaba muerto y me estaban velando, me sobresalté por supuesto y me incorporé de un brinco, obviamente hice caer el suero al piso y di un susto mortal a mis viejitos, que ya de por si estaban en peor estado que yo.
- Tienes que escucharme atento, calmate y sentate por favor… los que estaban contigo… – me dijo mi papá con llanto entrecortado.
Para terminar esa frase, no tenía que decir más, yo sabía lo que había pasado, llegaban de enterrar a mi mujer y a mi hijo… no tengo más palabras, no sé cómo expresar lo que en ese momento sentí, creo que ni siquiera lloré.
Ellos aún no sabían que la muchacha y el bebé eran mi familia, la policía y ellos supusieron que eran gente que había recogido no más, que no eran parte de mi vida. Ella no tenía nada que la vinculara hacia mí después de todo, lo único que yo tenía para ella era mi mirada valiente, pero era algo que ella se llevó consigo.
No hablé más después de eso, no dije ni una sola palabra, ni siquiera me quejaba cuando me cambiaban las vendas y me ponían inyecciones en mi costado superior derecho, ya que la amputación de mi brazo solo terminó en una terrible infección, con tejido necrosado, mal olor y dolor inimaginable… en esos momentos, yo me decía a mí mismo, que me lo merecía por cobarde, que fueran más terribles los tormentos por que aún después de esa pesadilla ella no tenía su lugar ante mi familia como mi amada.
Salí en una calurosa mañana de octubre del hospital, mi mamá se veía feliz, mi papá preocupado, ya que habíamos perdido el auto, estaba hecho un amasijo de metal inútil, y no teníamos ya medios para vivir.
Igual así, yo no hablaba, en cuanto más tiempo pasaba mas culpable me sentía. Hasta ese día que decidí salir.
Ya era primavera y llovía mucho, me vestí, tomé media taza de maicena y salí mientras mi mamá estaba cocinando, mi papá, tratando de conseguir un préstamo junto a mi hermano mayor y mi hermanito menor en el colegio.
Sentir la lluvia suavecita en mi rostro, me hizo sonreír por primera vez en dos meses, fue así que comencé a caminar hacia la autopista, imagínense que yo vivía muy lejos de allí, para cuando estuve más o menos cerca del lugar del accidente (eso si lo recuerdo bien, porque era una gran anuncio de Coca Cola, junto a gritos y sangre), ya había caído la tarde, no sé cómo me veía la poca gente que había allí a pie, con una manga colgando, la boca seca, despeinado y flaco, era un espectáculo.
En el lugar del accidente sólo quedaban unas manchas de aceite y raspones en el asfalto, eso era todo, ella no estaba allí, mi hijo tampoco. Estoy seguro que pese a que fue violenta su partida, se fueron en paz, porque ella ya sabía que yo iba a darle su lugar y mi hijo sabía que lo amábamos.
No encontré allí nada más que eso: nada.
Decidía volver a mi casa, ésta vez quería hablar, quería decirles quienes era esos dos que me acompañaban en el taxi, están vez ya no era por decirles la verdad, era para sentirme en paz yo mismo.
Caminaba por calles antiguas, me alejaba del centro, ya era de noche, hasta ella, vino hacia mí. No me refiero a mi mujer, ella era otra.
Ya era muy tarde, y las luces de la calle tenues, por eso creo que estaba viendo mal y que por el cansancio y la sed tenía visiones extrañas.
Ella tenía el cabello suelto, con hojas y pétalos desordenados y esparcidos en su ropa y pelo, con ropa ligera, me preguntaba cómo no sentía el frio de la noche, pero lo que más que me sorprendió, es que solo tenía las puntas de sus pies apoyadas levemente en el piso mientras se movía hacia adelante.
Al pasar por su lado yo estaba llorando, a decir verdad, no había dejado de llorar desde que salía de mi casa por la mañana, ella en el momento de estar hombro con hombro, me dijo:
- Toma… - me alcanzó un pañuelo desechable.
Lo tomé suavemente, y en ese momento, en ese preciso instante, sentí por todo mi cuerpo un calor aliviante, como cuando uno se mete en una tina con agua tibia y perfumada, sentía paz, pero no pude evitar soltar en llanto entrecortado. Ella se dio la vuelta y me miró fijamente unos segundos.
- Tenía que pasar ¿verdad?
- …………….
- No sé quién eres, pero no me gusta ver personas con mocos colgando mientras caminan- me dijo sonriendo.
- G...gracias…- era lo primero que decía en meses.
- ¿Por qué estas solo por aquí? estas calles son peligrosas y…- unos ladridos furiosos de un perro la interrumpieron, el animal parecía que iba a atarnos en cualquier momento, salió de la nada, estaba aterrado.
Ella no se movió, yo di un salto hacia las gradas más cercanas, el perro se acercó, me gruñía sólo a mí con fuerza, ella volvió sus “pasos” el perro se tranquilizó, la miró, dio un aullido agudo y veloz y se fue, desapareciendo en la cuesta de la calle.
- Te gruñen los perros todo el tiempo porque te comes los mocos- me dijo divertida- parece que has perdido más cosas que partes de tu cuerpo ¿no?
- S...si… ¿cómo lo sabes?
- Porque estas buscando algo y crees que está en la calle, se te nota.
- Yo no tengo nada, no tengo que buscar nada… sólo quería salir y caminar.
- Yo también quería hacer lo mismo, pero ahora estoy un poco cansada- y me invitó a sentarme a su lado en unas graditas.
No había nadie más que nosotros en la calle, ya era muy tarde, y hacía frio, las luminarias estaban tan tenues que todo se veía en colores terrosos y ámbares.
Al estar más cerca, a su lado, me di cuenta, que tenía un rostro sin edad, con el maquillaje corrido y surcos secos de lágrimas, Parecía haber dormido mucho tiempo, porque sus párpados estaban pesados y tenía la piel tersa y delicada, como cuando uno despierta recién.
-Vas a creer que soy un pobre loca, pero creo que estoy muerta ¿sabes?...ja ja ja nah, que va estoy más viva de lo que cualquiera pensaría.
-pero, tus pies…estas…
-no, nada, esa es la mejor forma de caminar.
-………………….
-has perdido cosas importantes ¿verdad?- me volvió a decir después de una breve pausa.
-sí, he perdido meses de mi vida, un brazo, dedos, mi familia, creo que ahora lo he perdido todo… si tan sólo hubiera sido más valiente en esa época, ella estaría a salvo conmigo, con nuestro hijo, yo seguiría en la universidad y trabajando, sería duro, nada fácil, pero sería muy feliz...- solté todo lo que quería decir durante meses.
- pero, ¿nunca le diste lo que ella quería entonces?
- no, bueno si… al último creo que si…
-entonces, ¿Cuál es el problema?
Dicho esto, me quedé viéndola perdido, con sólo esa última frase que dijo en mi mente, bajé la cabeza y dije - ¿Cuál es el problema? –en un susurro, seguido a un silencio largo.
- Yo creo una cosa –me dijo en tono suave- un segundo o mil años tienen la misma duración, según lo que sientas en ese momento, si te contara mi historia, ¿no te reirías?
- …claro que no…
-Era ya en la tarde, ya había caído el crepúsculo, cuando yo moría, con los ojos abiertos viendo al cielo.
Recuerdo que aún tenía una sonrisa, había recibido muchas puñaladas en pecho, irónicamente no me defendí, ya que creía que era un gesto de amor, como antes, pero no.
Quién me mató fue la persona que más había querido sobre la tierra, lo malo, es que no terminó por matarme, me dejó allí en agonía y con los ojos abiertos viendo el cielo, que poco a poco se volvía color violeta mientras las estrellas comenzaban a brillar… creo que es todo lo que recuerdo, es que no vi la luz que decían por allí que aparece cuando uno muere.
Estaba entre las flores en ese momento, creo que aún llevo el olor y el polen de ellas en el cabello, ahora pues, como verás soy un espectro.
Lo malo es que mientras recorro la ciudad flotando y arrastrando la punta de los pies en el concreto, parece que ni yo me veo.
Te cuento esto porque te he encontrado igual…- y una pausa intensa seguida de una brisa sonora le continúo.
-parece una historia de horror…
-no, no lo es. Mira, sentí con unos segundos sus crueles palabras apuñalándome, pero siento por miles de años su cariño ¿eso acaso no es suficiente?
-…………………- cerré con fuerza los ojos y comencé a llorar en silencio- …….mis padres nunca supieron que ella era mi mujer, que yo tenía un hijo…
-ellos no lo sabían, pero tu si, y creo que a ella le bastaba con eso para ser totalmente feliz.
Me calaron sus palabras, miré hacia el cielo nublado magenta, tras un largo suspiro caí en cuenta que esas sabias palabras tenían toda la verdad del mundo encerradas en cada una de sus letras. Yo no tenía que demostrar al mundo lo que sentía, sólo tenía que demostrárselo a ellos, a final de cuentas en esos últimos segundos de vida, esos minutos que tuve a mi familia conmigo, eran suficientes, eran como llevar casados 60 años casados, teniendo muchos nietos y una vida plena para cualquiera. Sólo estuvimos en el taxi de camino a casa 10 o 15 minutos, pero fueron una vida feliz.
- A mí que quisieron un día, aunque luego se retractaron… pero es lo que menos ahora importa, ya que lo importante no es que te quieran si no que tú quieras… hasta en las más cursis y baratas canciones de amor dicen que el amor es sufrimiento, yo creo eso en parte, el sufrimiento verdadero es estar consciente de que puedes perderlo, de que todo podría ser una mentira, de que te pueden estar engañando, por eso el amor es una cosa de dos, aunque muchas veces pareciera que todo el amor de una pareja lo genera sólo un miembro…
- ………..- para esos momentos mi llanto silencioso era copioso y amargo- tienes razón, es verdad, ella nos quiso por los dos, yo no la quise ni la valoré si no hasta lo último, ahora ya no está…
- Entonces tú has sentido algo que yo no he sentido, y te envidio… por primera vez, como le pasa a poca gente en el mundo, has correspondido a ese humilde y poderoso sentimiento… ah… en estos momentos siento que yo te amo…
- …….¿?.......
- No lo tomes a mal, te amo, porque me estas escuchando, porque siento que hoy me has ayudado- se levanto y esta vez con los pies en la tierra, retomó despacio su camino, no sin antes voltearse hacia mi…
- Muchas gracias… nos veremos tal vez cuando sanemos.
Sólo sonreí y asentí con el cabeza, dicho esto, ella siguió caminando hasta perderse en la oscuridad.
Me quedé sentado allí hasta que aparecieron las primeras luces del día, el viento frio de la madrugada secaba mis lágrimas y por fin me sentía en paz. Decidí volver a casa, lo hice con paso animado. Mi madre estaba en la puerta de calle, había estado llorando toda la noche, mis hermanos y mi padre salieron a buscarme. Cuando ella me vio me abrazo con fuerza. La besé en su cabecita tibia, al final entramos y nunca le dije nada acerca de los desconocidos, ella creo que sabía quiénes eran, porque desde ese día, todos los domingos les dejábamos flores en sus tumbas.
Pasó bastante tiempo de eso, he sanado, y pese a todos los pronósticos, acabé mi carrera, sólo con dos dedos de mi mano izquierda. Un día mientras caminada de mi consultorio a mi casa, en la avenida principal de mi ciudad, me crucé con ella, con la mujer que había muerto entre las flores. Estaba arreglada y caminaba rápido, como lo hace la gente sana y llena de vida, por que se veía, se notaba que llevaba otra vida que le brota de adentro hacia afuera, pasó por mi lado, se detuvo.
- Van a ser 900 años de sufrimiento, pero una eternidad de felicidad…- me dijo sonriendo, era extraño, prácticamente un par de desconocidos en la calle con mucha gente alrededor, con frases raras diciéndose a la cara.
- aún te duele- le dije…
- mucho…- sonrió y se le iluminó el rostro.
- Toma… -le pasé un pañuelo desechable, tal como ella lo hizo conmigo. Lo tomo lo apretó en su corazón.
- Gracias…
Y con una bella sonrisa siguió su camino, me pregunto hasta ahora si ella ha sido quien me rescató a mí, o yo lo hice con ella, o como me lo dio a entender, en esa charla; nos amamos por unos minutos, suficientes como para salvarnos y sanarnos para continuar viviendo.
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